Clive Bell y la creación del modernismo del crítico Mark Hussey: un retrato meticuloso | Libros de biografia

Un día, mientras que miraba sus anaqueles, Mark Hussey se dio cuenta de que no contenían ninguna biografía de Clive Bell. Puede ver por qué razón esto le parecería extraño al distinguido estudioso de Bloomsbury. Durante los últimos cincuenta años, una auténtica industria de la escritura de chismes sobre la vida ha crecido alrededor de los habitantes menores de cuarto grado de principios del siglo veinte, hasta el punto de que alguien baila con un hombre que baila con una mujer que baila con Leonard Woolf. (asumiendo que Woolf jamás ha levantado los talones) puede alardear de cuando menos 2 grandes biografías llenas de notas al pie.

Entonces, ¿por qué razón Bell está tan sin vida? Después de todo, pertenece al círculo más profundo de Bloomsbury, en tanto que está casado con Vanessa Stephen y, infrecuente en una cultura a la que no le importaba lo que pensasen el resto, era adepto a charlar públicamente. De hecho, a lo largo de muchos años, Bell fue un elemento fijo en la prensa, en las noches de estreno y, después, en el tercer programa de la recién formada BBC. Mientras su familia y amigos escribían, pintaban, bailaban y se abrían camino cara el siglo veinte, el trabajo de Bell era explicarle al planeta lo que hacían y por qué razón importaba.

Bell hizo su proyecto de, para emplear el subtítulo de Hussey, «hacer modernismo» eminentemente a través de la promoción del «arte moderno». Con eso se refería a una pintura que evitaba la anécdota, la añoranza o bien el mensaje ética en favor de líneas y colores combinados para despertar el sentido estético. Por conveniencia, llamó a lo que buscaba como «forma significativa». Mientras que Gran Bretaña veía al cubismo, como al postimpresionismo, como incongruentes y sin forma hasta el punto de la insensatez, Bell prosiguió el ejemplo del crítico más viejo y especialista Roger Fry al reconsiderar estos movimientos como intentos heroicos de purgar las artes visuales de todos y cada uno de los restos persistentes. huellas. apego a la lealtad representacional. Sus grandes piedras de toque eran francesas (llamó a Paul Cézanne «el enorme Cristóbal Colón de un nuevo continente de formas»), mas aceptó que en ocasiones se hallaba un pintor inglés que hacía las formas correctas: Vanessa Bell, por servirnos de un ejemplo, o bien Duncan Grant. El hecho de que Vanessa sea su esposa y Duncan su amante solo resta valor a sus declaraciones.

Bell no era la idea de que absolutamente nadie supiese de un desquiciado, malo o bien peligroso conocer, mas su gran pesadez resultó ser un encubrimiento refulgente.

Sin embargo, lo que Hussey desea que veamos en este revelador libro es qué diferente era verdaderamente un extraño a Bloomsbury Clive Bell. A diferencia de Stephens, Lytton Strachey, EM Forster o bien John Maynard Keynes, no era miembro de la intelectualidad liberal de Londres por nacimiento. Por el contrario, su familia vivía en la zona rural de Wiltshire, precisamente el tipo de gente cálida y filistea que levantó el labio colectivo de Bloomsbury. Mejor todavía (o bien peor), los Bell no eran verdaderamente escuderos, sino más bien ricos industriales que habían ganado su dinero con el lignito de Gales del Sur. Por otra parte, si bien Bell era refulgente, no era muy inteligente. En Cambridge, donde conoció a Thoby, el hermano de Vanessa y Virginia Stephen, jamás le solicitaron que se uniera a los Apóstoles, la elite parlanchina a la que pertenecían Strachey, Keynes y el resto.

Y por último, sobre todo, Bell fue heterosexual. No solo solamente heterosexual, sino más bien tercamente, pesadamente y, con el tiempo, vergonzosamente. Mientras el resto de hombres y mujeres de Bloomsbury se movían con ambigüedad entre los sexos, efectuando mareantes bailes de deseo que eran tanto ilegales como espantosos, siguió como una excavadora, buscando una serie de esposas de remplazo, ahora que Vanessa estaba comprometida con vivir con subvención. En vieillissant, Bell a tenté atrocement d’essayer d’être groovy – pêchant pour une invitation à la tristement célèbre fête Bath and Bottle de mil novecientos veintiocho, prenant de la cocaïne à Long Barn de Vita Sackville-West, papa dansant avec des filles assez jeunes para salir. con sus hijos adultos.

Si bien nada de esto puede parecer muy edificante, da un punto de partida alucinante para el relato minuciosamente investigado y exageradamente bien informado de Hussey sobre de qué manera el arte moderno ingresó al torrente sanguíneo británico en las primeras décadas del siglo veinte. El pico de la repercusión de Bell se generó en mil novecientos catorce con la publicación de Art, en la que introdujo el término de forma significativa a un público general. Como era de aguardar, el libro le trajo tanto oprobio como elogio, singularmente cuando se supo que su autor era un irenista vocal y un objetor de conciencia. (El padre de Bell, con una agradable simetría amada por los biógrafos, terminaba de ser nombrado Lord High Sheriff de Wiltshire).

Ciertamente no acabas con Bell, amante de la biografía de Hussey. En ocasiones semeja conjuntar las malas partes del Bloomsbury esnob y camarilla con partes todavía peores del anti-Bloomsbury: cordial, estruendoso y habitualmente blandiendo un par de perdices fallecidas. Sin embargo, el paciente trabajo de restauración de Hussey es esencial para recordarnos que los actores esenciales en la historia del arte del último siglo de manera frecuente se niegan a satisfacer nuestras demandas sentimentales. Bell no era la idea de que absolutamente nadie supiese de un hombre desquiciado, malo o bien peligroso que conocer, no obstante, su apabullante pesadez y su torpe bonhomia resultaron ser un refulgente encubrimiento. Lo mejor es verlo como una especie de caballo de Troya, una cubierta plausible para un extenso programa de reforma estética desarrollado para desviar a Gran Bretaña de su apego nostálgico a Constable Clouds y Turner Sunsets.

Clive Bell and the Making of Modernism: A Biography of Mark Hussey es una publicación de Bloomsbury (£ treinta). Para pedir una copia, vaya a guardianbookshop.com. Pueden aplicarse cargos por envío.