Crítica del violín de Lev por Helena Attlee – Una búsqueda musical | Libros de musica

Una noche de verano, a lo largo de un concierto en una pequeña urbe galesa, Helena Attlee se ve impresionada por el sonido de un exótico instrumento de cuerda. El tono es suave y redondo, como nada que haya escuchado ya antes. Después del bis, busca al intérprete, un hombre llamado Greg, que toca con una de las primordiales orquestas sinfónicas de Gran Bretaña, para aprender más sobre su instrumento. Greg le afirma que su violín perteneció una vez a un hombre ruso llamado Lev, y que piensa que pudo haber sido fabricado en la urbe italiana de Cremona, la urbe natal del conocido luthier Antonio Stradivari. Attlee inspecciona el cuerpo, aguardando localizar una antigüedad reluciente. En cambio, descubre algo gastado, enmarañado en el sudor de muchas generaciones de músicos. Ambos coinciden en que la «voz» de este violín es única en el planeta. Y, no obstante, revela Greg, los subastadores la han declarado «inútil», poco más que comida morralla.

Para Attlee, esto resulta ser el catalizador de una aventura literaria. Su libro precedente The Land Where Lemons Grow (dos mil quince) traza un alucinante camino a través de la historia italiana, con los cítricos como idea central. Su búsqueda esta vez, supuestamente para descubrir de qué manera este instrumento que la había conmovido tanto podría no tener valor monetario, no corresponde tan de forma directa a un solo estado-nación. Si bien Italia aún juega un papel esencial acá, el violín de Lev tiene un alcance más extenso. Este libro explora temas más abstractos, cuestiones de estética, emociones y el misterio esencial de por qué los humanos se sienten tan atraídos por la música.

La historia empieza en Cremona, y es en cierta forma un bautismo de fuego. Antes de embarcarse en esta investigación, Attlee no era un especialista en violines. Por lo tanto, hace un buen empleo de estas páginas iniciales para familiarizarse a sí y al lector con los fundamentos de la fabricación de instrumentos del Renacimiento. Corriendo entre Italia, el Ashmolean Museum en Oxford y París, entrevista a académicos de múltiples campos para otorgar una idea de de qué manera un pintoresco instrumento popular se ha transformado en una pieza central en acontecimientos diplomáticos en toda Europa. Su objetivo puede ser autentificar el poder de Lev, Stradivarius, mas halla bastante tiempo para meditar sobre el significado del violín como tecnología, de qué manera redefinió la relación entre la música sagrada y la música secular y abrió un nuevo planeta barroco. sonatas y conciertos.

Es un testimonio de la habilidad de Attlee como narradora que utiliza su viaje a Cremona para edificar una narrativa más muy elegante y ambiciosa. Lo que empieza como una biografía de un solo instrumento pronto da paso a una discusión más extensa sobre política y economía. Siempre que Attlee aprende una lección sobre el violín en cuestión, halla una disculpa para una digresión histórica. El hecho de que el violín de Lev estuviese hecho de abeto alpino, por ejemplo, podría haber pasado por un detalle menor. En cambio, utiliza esta revelación para justificar una larga discusión sobre las regulaciones forestales en los Habsburgo en Europa y de qué manera adelantaron el ambientalismo moderno. Adopta un enfoque afín con el resto del instrumento. Las descripciones de diapasones de ébano asiático, clavijas de afinación de palisandro y cajas de resonancia de arce de los Balcanes, que podrían haber sido bastante secas, sirven en cambio como historia indirecta de la globalización moderna.

En sus libros precedentes, Attlee tendía a limitarse a los aledaños parcialmente cómodos de los jardines de paredes altas. Esta vez, se ve obligada a estimar una realidad más extensa. En Florencia, una urbe que ama a Attlee, descubre que el violín de Lev puede haber pertenecido a miembros de la comunidad romaní italiana. Mientras prosigue este camino, descubre lo que llama un «vientre» de racismo contra estas personas, y le preocupa que «jamás conoció verdaderamente» a Florence. En Abruzzo, la zona pobre, montañosa y propensa a los terremotos, prosigue esta línea de pensamiento todavía más y descubre de qué manera ciertos romaníes lamentan activamente su asociación con los violines sobre una base tan de manera estrecha vinculada a los estereotipos que no son solo artistas callejeros y erizos. En las escenas finales, en Rostov, en el sur de Rusia, el creador medita sobre los pogromos, los controles fronterizos y los aspectos prácticos del contrabando de antigüedades fuera de la Unión Soviética. Esto está lejísimos de las primeras páginas empapadas de rocío sobre las innovaciones contrapuntísticas de Monteverdi.

En ocasiones, Attlee puede estar fuera de su alcance para enfrentar las brutales realidades de la violencia y el exilio que descubre en este viaje. Sin embargo, hay que reconocer que jamás trata de esconder este hecho y sigue su historia, a pesares de todo, con fenomenal honradez, diligencia y amplitud de miras. El violín de Lev empieza con una obsesión bastante frívola por la autoestima. Conforme avanza el cuento, el creador evita dichosamente este escenario estrecho para festejar la diversidad de talladores de madera, carpinteros, ebanistas, conductores, mercaderes, capitanes de navíos y nómadas que han dado forma a la vida de la urbe, instrumento que captó su atención. Esto equivale a una V. O. y refrescante de la historia.

Lev’s Violin: An Italian Adventure es una publicación de Particular (£ veinte). Para pedir una copia, vaya a guardianbookshop.com. Pueden aplicarse cargos por envío.