Elif Shafak: Cómo el siglo XXI habría decepcionado a HG Wells | Libros

La primera vez que tuve en mis manos un libro escrito por HG Wells, era estudiante en Turquía. Encontré una edición vieja en una galería de mercados de pulgas que frecuentaba a menudo para adquirir novelas y fanzines, y para poder ver los últimos álbumes de heavy metal. Su portada manchada de humedad, sus páginas levemente rasgadas, el libro mostraba indicios de propiedad precedente. Los primeros humanos en la luna, afirmaba el título. Después descubrí que la traducción al turco era neutral en lo que se refiere al género, mas que el original, Los primeros hombres de la luna, no lo era.

En ese instante, no estaba interesadísimo en la ciencia ficción. Compré el libro por el hecho de que me intrigaba por alguna razón que no podía comprender completamente. Pero leerlo no era una prioridad. En ese instante, estaba enamorado de la literatura rusa; Dead Souls de Gogol y Notes from a Dead House de Dostoyevsky y The Karamazov Brothers claramente habían alterado algo en mí. Quería leer el género de literatura que trata sobre lo que consideraba «las duras realidades sociopolíticas». Como resultado, infravaloré y también ignoré a HG Wells, y su novela continuó sin leer y sin amor en mi anaquel a lo largo de mucho, bastante tiempo.

Cuando me mudé de Ankara a Estambul cuando tenía poco más de veinte años, soñando reposadamente con transformarme en autor, no tenía ninguna razón particularmente para llevarme a HG Wells, mas lo hice. Alquilé un pequeño piso cerca de la plaza Taksim, en una calle llamada Kazanci Yokusu, la empinada calle de los fabricantes de ollas. Era un departamento con vista, me aseguró el agente inmobiliario. Si pusieses un taburete bajo un rincón de la única ventana de la sala de estar, que asimismo era mi estudio y mi dormitorio, y te subieses a y también inclinases la cabeza lo bastante cara la derecha, siempre y cuando el cielo estuviese despejado y hubiese no se elevaba ninguna bruma en el horizonte, se podía ver un estallido de azul resplandeciente, un corte de la belleza del Bósforo, e inclusive dejarse arrastrar, si no por el mar mismo, por la más mínima promesa de él.

El novelista turco-británico Elif ShafakEl prosista turco-británico Elif Shafak ha sido escogido para dar la conversación de HG Wells del año vigente Foto: Pål Hansen / The Observer

Fue en este piso, a lo largo de esos primeros días en Estambul, donde empecé a leer Los primeros hombres de la luna. En cierto modo, la urbe lunar de Wells, con sus deslumbrantes grutas y su tiempo errante, estaba ligada en mi imaginación a la vieja megápolis en la que me hallaba, con sus calles sinuosas y personajes no menos errantes. Los selenitas, los nativos subterráneos de la Luna socialmente complejos y tecnológicamente complejos, no eran un conjunto simple de comprender. Pero nuevamente, como descubriría prontísimo, tampoco los habitantes de Estambul.

Wells, un escritor de capacitación científica y fecundo en muchos géneros, estaba en una situación única para inventar historias que prosperaran con el conocimiento multidisciplinario. Esto lo distinguió de la mayor parte de sus contemporáneos literarios. No solo comprendía nuestra sed existencial de innovación, experimentación y novedad sin fin, sino asimismo temía el lado obscuro de la tecnología.

En sus escritos, Wells transmitió una multitud de premoniciones futuristas, desde los viajes espaciales hasta la ingeniería genética, desde la bomba nuclear hasta la World Wide Web. Ningún otro escritor de ficción ha visto el futuro de la humanidad con tanta claridad y audacia como .

Si hubiese vivido a finales del siglo XX, ¿qué habría hecho con este planeta? Tengo singular curiosidad por saber qué habría pensado del optimismo desmandado propio de la temporada, un optimismo compartido por políticos liberales, politólogos y Silicon Valley. La rosada convicción de que la democracia occidental había triunfado de una vez por siempre y que, gracias a la proliferación de las tecnologías digitales, el planeta entero, tarde que temprano, se transformaría en una enorme aldea democrática global. La ingenua expectativa de que si solo pudiese propagar información de manera libre a través de las fronteras, las personas se transformarían en ciudadanos informados y, por tanto, tomarían las resoluciones adecuadas en el instante conveniente. Si la historia es por definición lineal y progresiva, si no hay una opción alternativa viable a la democracia liberal, ¿por qué razón debería preocuparse por el futuro de los derechos humanos, el estado de derecho, la libertad de expresión o bien la diversidad de los medios? El planeta occidental fue visto como seguro, sólido y estable. La democracia, una vez adquirida, no se puede desintegrar. ¿Cómo podría alguien que ha probado las libertades de la democracia admitir abandonarla a los vientos?

Necesitamos solidaridad internacional y fraternidad internacional alén de las fronteras.

Avance veloz, y el día de hoy esa visión dualista del planeta se hace añicos. El suelo bajo nuestros pies ya no se siente tan sólido. Hemos entrado en la era de la sofocación. La nuestra es la era del fatalismo. El nuestro es un planeta que padece. Si Wells estuviese vivo el día de hoy, ¿qué pensaría de este nuevo siglo con su creciente polarización, el apogeo del autoritarismo populista y el increíble ritmo de consumo, incluido el consumo de desinformación, todo lo que se ve exacerbado por la tecnología? Digital?

Además de un notable cuerpo de ficción, Wells ha escrito poderosos comentarios políticos, sociales y científicos. Según , la historia de la humanidad se estaba transformando poco a poco más en «una carrera entre la educación y el desastre». Creía vehementemente que «la historia humana, en esencia, es una historia de ideas». Wells no tuvo temor de dirigir las flechas de sus críticas cara su país y, a veces, cara sí mismo. Podía reírse claramente de sí, explorar sus insesateces y defectos y criticar claramente el anglocentrismo.

La historia está repleta de ejemplos que muestran de qué forma el apogeo del nativismo siempre y en todo momento va de la mano con el apogeo de las oposiciones binarias. Estados Unidos contra ellos. Los demagogos populistas afirman alto y claro que puedes ser un nativista, que da prioridad a su país a expensas de edificar muros más altos, cerrando todas y cada una de las puertas para sostener a raya los «inconvenientes de otras personas», o bien puedes ir y formar parte de una elite mundial. Estas son las únicas 2 opciones, afirman. Pero Wells, que siempre y en todo momento se interesó por el internacionalismo, prueba habilidosamente que es posible trascender esta dicotomía gastadas. No tenemos por qué razón encerrarnos ni en el orgullo del ultranacionalismo ni en las injusticias agravadas en nombre del globalismo codicioso. Y este punto merece ser recordado el día de hoy, cuando precisamos la solidaridad internacional y la fraternidad internacional alén de las fronteras, en un instante en el que debemos rememorar nuestra humanidad común.

La pandemia de Covid-diecinueve ha probado qué de manera profunda interconectados estamos. La crisis climática ha dejado en claro que ninguna una parte del planeta va a ser inmune al impacto del calentamiento global. Tenemos enormes retos por delante como humanidad, y ninguno puede ser resuelto por los mitos del excepcionalismo, el nativismo o bien el aislacionismo. Es una vergüenza que en un instante en que evidentemente precisamos colaboración internacional, acabemos con una suerte de nacionalismo de las vacunas. Todo esto habría decepcionado a Wells, si estuviese vivo el día de hoy.

La democracia no es una medalla que, una vez ganada, se puede enmarcar y colgar en la pared para esconder las fisuras. Es un ecosistema frágil, un ambiente de vida y respiración de seres que interaccionan, controles y equilibrios, diversidad y también inclusión, colaboración y coexistencia. Como tal, precisa ser alimentado todo el tiempo. Las urnas en sí no son suficientes para sostener una auténtica democracia pluralista. No olvidemos que numerosos países no liberales e inclusive honestamente déspotas ahora festejan «elecciones» cada pocos años. El mayoritarismo no es exactamente lo mismo que la democracia.

Por lo tanto, aparte de las urnas, precisamos el estado de derecho, la separación de poderes, los medios libres y diferentes, las universidades independientes, los derechos de las mujeres, los derechos LGBTQ +. Cuando las reglas y también instituciones democráticas se rompen y el lenguaje político se vuelve poco a poco más combativo y infestado de metáforas marciales, entramos en un territorio peligroso. La monopolización del poder es peligrosa. Ningún político, partido y efectivamente ninguna empresa de tecnología debería tener el poder absoluto en una sociedad.

La historia no se desarrolla necesariamente en una progresión lineal regular. Las nuevas generaciones pueden reiterar los fallos que cometieron sus abuelos. Cuando los países se retiran, los primeros derechos que se limitan son los de las mujeres y las minorías.

Wells creía en una literatura de ideas; un arte que se relaciona con el planeta y se atreve a hacer preguntas. Imaginó un futuro en el que «las mujeres habrían de ser libres como los hombres». Atreviéndose a redactar sobre tabúes, apoyó no solamente la igualdad de género sino más bien asimismo la liberación sexual de las mujeres, a fin de que «en modo alguno estén esclavizadas o bien subordinadas a los hombres que han escogido». Creo que es del mismo modo esencial que defienda el control de la natalidad en un instante en el que no era simple hacerlo.

HG Wells entendió la desigualdad. Sabía de qué forma la ampliación y la profundización de las desigualdades corroerían la vida y la dicha humanas. También entendió la desesperación. En su icónico Derechos Humanos, dijo: “A menos que podamos batallar contra las crecientes perplejidades de el día de hoy, cara un nuevo orden mundial de ley y seguridad, a menos que podamos sostener la cabeza y el coraje, para restaurar una vida franca, nuestra especie morir, ido, luchador y perorata, un enjambre menguante de super-nazis en una Tierra arrasada.

  • Esta es una versión abreviada de la conferencia PEN HG Wells de Elif Shafak, pronunciada el viernes diecisiete de septiembre de dos mil veintiuno en el Festival Ripples of Hope en asociación con English PEN para su programa del centenario, Common Currency. Las entradas para Free Expression Now, el último acontecimiento de las celebraciones del centenario de PEN, están libres acá.

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