La crítica del mago de Colm Tóibín – En la mente de Thomas Mann | ficción

En agosto de mil novecientos treinta y nueve, Thomas Mann se hallaba en Suecia, alojado en un hotel al lado del mar. Las mañanas, como siempre y en todo momento, las dedicaba a redactar. Después de comer con su familia, dio su camino vespertino por la playa.

La mayoría de los huéspedes del hotel se reunieron temprano en el vestíbulo para aguardar la llegada de periódicos extranjeros, mas a los Mann no les importó. No pensaban mucho en los temas internacionales. Como describe Colm Tóibín en esta alucinante biografía ficcionalizada, fue un periodo apacible y a la deriva. Entonces, una mañana, Katia Mann rompió la prohibición de incordiar a su esposo en el trabajo. Ella fue a su habitación para decirle que la guerra había estallado.

Siguieron días de suspenso. Telegramas. Ansiedad. Rescate de última hora cuando se les encontró un sitio en un aeroplano fletado por las autoridades suecas para evacuar a extranjeros. Mientras volaban sobre el espacio aéreo alemán a baja altitud, Thomas, rotundamente persona non agradable en su país natal desde el instante en que había escapado 6 años ya antes, tremió.

Tóibín hace meditar a Mann que su tono literario lo identifica exactamente como lo que más detestan los nazis recién ascendidos.

En Londres hubo un inconveniente. Mann trabajaba en Lotte in Weimar, su novela sobre Goethe. Entre sus papeles había un bosquejo del plano del comedor, con nombres garabateados alrededor de la mesa: el tipo de cosas, pensó el oficial de aduanas, que un espía podría llevar. Mann procuró explicarse. Era un plan de asientos imaginario, una ayuda para fabricar una charla imaginaria, que aguardaba que le afirmara al lector algo real sobre otro escritor que había fallecido un siglo ya antes. Aturdido por la aparente futilidad del proyecto, el oficial de aduanas le señaló que pasase.

Como sujeto, como autor. Es la segunda vez que Tóibín emplea la ficción para imaginarse su camino a través de la mente de un ex- prosista. En dos mil cuatro, en The Master, llevó a sus lectores al interior de Henry James. Ahora escogió a Mann. Ambos hombres escribieron de manera indirecta sobre el deseo homosexual sin reconocerlo en público dentro de sí mismos. Ambos han pasado una gran parte de su vida fuera de sus países de origen. Ambos tenían hermanos mayores que asimismo fueron autores distinguidos (William James, Heinrich Mann) con los que sostuvieron una relación compleja y competitiva. Ambos eran cosmopolitas, con nudos sociales y también intereses intelectuales que les dejaban ver más allí de la isla y los mundos ligados a clases que describían.

Thomas y Katia Mann en Alemania, 1920.Thomas y Katia Mann en Alemania, mil novecientos veinte. Fotografía: Imagno / Getty Images

Otra cosa que tenían en común era el gusto por los raciocinios fieros y las oraciones larguísimas. Aquí es donde se vuelve más sorprendente el interés de Tóibín por ellos. La propia prosa de Tóibín puede ser olímpica en su fría sencillez, mas lo es. Sus cuentos y novelas claras como el cristal, como Brooklyn, cuyo poder sensible depende en buena medida de la modestia de su estilo, difícilmente podrían ser más diferentes de las elaboradas creaciones sensible y lingüísticamente de James, o bien del tono turbulento del Dr. Faustus de Mann o bien el laberinto. ensueños de La Montaña Mágica. Pero es posible admirar a los grandes precursores sin imitarlos exactamente. En El mago, Tóibín hace meditar a Mann, después de ganar su premio Nobel en mil novecientos veintinueve, que su tono literario – «pesado, ceremonioso, civilizado» – lo identifica como exactamente lo que más detestan los nazis recién ascendidos. Un estilo chino mandarín, un modo reservado, una inquina a la pasión política, son atributos apacibles y apagados mas, como sugiere de manera convincente Tóibín, deben sostenerse como baluartes contra el sueño de la razón y los monstruos que engendra.

El Mago es ante un retrato del artista como padre; hay parcialmente poco sobre el desarrollo de Mann como escritor o bien su estatus en el planeta literario. Más bien, lo pone en el centro de una visión panorámica de la escena cultural alemana a principios del siglo veinte. A lo largo de su vida adulta, Mann hizo todo lo que es posible por aislarse de esta escena, por muy agitada y amenazante que fuera, mas, a pesares del rigor con el que prohibió que la gente lo molestase en su oficina, el planeta exterior jamás ha dejado de insmiscuirse. , frecuentemente dado acceso por las payasadas y preocupaciones de los próximos a él.

Como puede adivinar cualquiera que haya leído Buddenbrooks, Mann procedía de una línea de mercaderes hanseáticos triunfantes. Su madre era brasileira, una figura exótica del burgués y burgués Lübeck. Viuda, se mudó con su familia a Munich, donde y sus hijos se hallaron con una sociedad menos usual y más apasionante bajo riesgo. Thomas quedó maravillado por la familia Pringsheim: rica, bohemia, adoradora de Wagner, judía. Cortejó a Katia, la hija de la casa, siendo atraído eminentemente, en el cuento de Tóibín, por su provocativa y presumida relación con su hermano gemelo. Escribió una historia en la que los hermanos Pringsheim se fusionan con los incestuosos Siegfried y Sieglinde de Wagner. Aparentemente no sorprendida, en mil novecientos cinco, Katia admitió su propuesta de matrimonio. Le prosiguieron 6 pequeños.

Buddenbrooks fue su primera novela y fue un enorme éxito. Pronto se hizo conocido y rico, mas la familia que encabezaba no estaba tan firmemente establecida como parecía sugerir la gran casa que estaba edificando. Sus 2 hermanas se suicidaron. Sus 2 hijos mayores, Erika y Klaus, eran peculiares y poco convencionales: bisexuales promiscuos, precozmente talentosos como actores y escritores, mas demasiado irresponsables políticamente y financieramente incompetentes para hacer una carrera mismos. Había drogas. Ha habido escándalos. Al final, hubo otro suicidio más asolador, el de Klaus, que Tóibín presenta como una prueba de la humanidad de Mann, una prueba que falla cuando escoge proseguir su vira de conferencias en sitio de acudir al entierro de su hijo. Y una y otra vez, hubo jóvenes que Mann de Tóibín mira con tanto ardor, sin tocarlos jamás, como el Aschenbach de Mann observa a Tadzio en Muerte en Venecia. Katia lo ve y no afirma nada. Su matrimonio es sólido, mas jamás lo bastante.

Erika, Katia y Thomas Mann en 1950.Erika, Katia y Thomas Mann en mil novecientos cincuenta. Fotografía: Imagno / Getty Images

El abanico de Tóibín es significativo y existen algunas viñetas centelleantes. Erika Mann se casa con WH Auden, no por sexo (los dos son homosexuales) sino más bien por un pasaporte británico; en una escena estupendamente cómica, Tóibín convoca a Auden a fin de que se burle de Virginia Woolf. Hay un relato recordable de la actuación de Alma Mahler como una enorme dama en el exilio. Pero siempre y en todo momento detrás del desfile de personajes se oculta el obscuro fondo del declive y caída de Alemania y la división que prosigue. Tóibín equilibra de forma especialista lo privado y lo público, y prosigue la trayectoria de Mann desde el patriotismo hasta la decepción con una delicadez sin prejuicios.

En mil novecientos catorce, Tóibín puso de manifiesto los cotilleos de guerra a través de las rimas ramplonas que cantaban los hijos de Mann. «Odiamos a Johnny Rusia con sus grandes pedos pestilentes … Odiamos a los ingleses con sus corazones fríos y fríos». Se imagina a Mann, en vísperas de la guerra, solo en su nuevo hogar suntuosamente amueblado y pertrechado, leyendo poesía alemana y escuchando música alemana, pensando cuánto aprecia el «profundo sentido alemán de su ánima, la intensidad de su obscuro . examen».

La Primera Guerra Mundial, no obstante, lo horrorizó y lo perturbó. Escribe un ensayo nacionalista que entonces lamenta. La revolución de Munich de mil novecientos dieciocho lo transformó en un fin. Es salvado de la ejecución sumaria por Ernst Toller, el dramaturgo transformado en líder revolucionario, a quien no le complace. Cuando Hitler llegó al poder en mil novecientos treinta y tres, Mann, así como su esposa judía, su hermano socialista Heinrich y sus hijos claramente disidentes, quedó marcado. Ya no le impresiona la gran seriedad teutónica.

Primero escapó a Suiza, entonces al sur de Francia, donde frecuentó los cafés donde se reúnen otros asilados alemanes —los socialdemócratas discuten con los comunistas— y por último a los Estados Unidos. Observa la Segunda Guerra Mundial desde la seguridad transatlántica y hace encuentros aclaradores con los poderosos. El alarmante relato de Tóibín sobre su charla con el financiero y dueño del periódico Eugene Meyer es magistral. La fantástica esposa de Meyer, cronista y coleccionista de arte Agnes Meyer, trajo a Mann y parte de su familia a los Estados Unidos. Ahora debe abonar por su libertad. Meyer manda un mensaje que viene, si bien no se mienta ningún nombre, del presidente Roosevelt. Mann solicitó en público a Estados Unidos que interviniese en Europa. Ahora le afirman que Estados Unidos va a ir a la guerra, mas a su tiempo. «¿Quieres que me calle?» Pregunta Mann. “Quieren que seas parte de la estrategia”, afirma Meyer. Mann se pregunta si «Eugene dictó los editoriales del Washington Post en exactamente el mismo tono monótono que empleaba ahora». Todavía imperturbable, Meyer le afirma a Mann que si colabora, podría ser el próximo jefe de estado alemán. Después de su entrevista, Mann, aterrado, decide mudarse a California, lejos del centro del poder.

Cuando retornó a la Alemania de la posguerra, fue repelido por las maquinaciones del oeste y el este, y cada bloque procuraba hacer de la publicidad la capital de una visita que tenía la pretensión de ser una celebración de la concordia. La política le ha fallado a Mann y les da la espalda. Tóibín le entrega un último encaprichamiento irrefrenable por un obediente camarero, entonces lo deja, un anciano presto a fallecer, pensando en una belleza germánica que trasciende las divisiones ideológicas, de Buxtehude y Bach.

Es un libro exageradamente ambicioso, en el que lo íntimo y lo esencial están con perfección equilibrados. Es la historia de un hombre que ha pasado la mayor parte de su vida adulta detrás de un escritorio o bien dando apacibles paseos posprandiales con su esposa. A partir de esta existencia sedentaria, Tóibín ha plasmado una epopeya.

Los libros de Lucy Hughes-Hallett incluyen The Pike: Gabriele d’Annunzio, Poet, Seducer and Preacher of War (4th Estate). El mago de Colm Tóibín es una publicación de Viking (£ dieciocho con noventa y nueve). Para respaldar a Guardian y Observer, pida su copia en guardianbookshop.com. Pueden aplicarse cargos por envío.