Post Growth por Tim Jackson Review – La vida después del capitalismo | Libros de políticas

Poco después de la publicación de Prosperity Without Growth de Tim Jackson (dos mil nueve), un texto histórico del movimiento ‘Decrecimiento’, ovacionado por defensores de la sostenibilidad desde el Príncipe Carlos hasta Noam Chomsky, el creador fue citado para reunirse con un consultor del tesoro primordial. Jackson le explicó sus razonamientos básicos al gato: nuestra dependencia del Producto Interior Bruto cada vez mayor está destrozando el planeta; es bastante difícil separar el desarrollo económico de las prácticas insostenibles; por lo tanto, debemos sustituir el consumismo con una concepción no material de la prosperidad basada en la inventiva y el cuidado. El consultor escuchó con atención ya antes de hacer una simple pregunta: «¿De qué manera sería que los funcionarios del Tesoro se presentasen a las asambleas del G7 a sabiendas de que el Producto Interior Bruto del Reino Unido había caído en la clasificación?» Jackson estaba, escribió, «confuso» por esta contestación. «¿De qué manera pude haber perdido que la política del patio de recreo meridianamente aún está en acción, aun en los niveles más altos de poder?» El erudito se excusó y se fue temprano.

Esta historia, contada en Post Growth, el aguardado libro de seguimiento de Jackson, tiene un significado más extenso para su escuela de pensamiento ecológico. El “decrecimiento” ha sido descrito por uno de sus creadores, Herman Daly, como “un eslogan en busca de un programa”. El imperativo de respetar la Tierra es indiscutible, mas cuando se trata de la perspicacia política precisa para hacer este cambio, las disminuciones de manera frecuente semejan vacilar. Si bien las llamadas ‘medias lunas verdes’, como los partidarios del New Green Deal agrupados en torno a los movimientos Jeremy Corbyn y Bernie Sanders, han redactado propuestas legislativas detalladas y han creado poderosos conjuntos de campaña, los incrédulos del Producto Interior Bruto no han conseguido todavía articular un plan realista para conseguirlo. Su meta. visión radical. Su distanciamiento de la “política del campo de juego” puede ser una fortaleza intelectual, mas asimismo una debilidad estratégica.

Desde la publicación de Crecimiento sin prosperidad, múltiples teóricos ambientales, incluidos Robert Pollin, Leigh Phillips y Kenta Tsuda, se han hecho eco del funcionario del Tesoro, proponiendo serias dudas sobre la aptitud de los modelos de decrecimiento. Señalaron que si el abandono de los comburentes fósiles conminaba con provocar una recesión verde, la contracción repentina de otros campos económicos seguramente conduciría a un empobrecimiento masivo. Se precisaría un estado redistributivo fuerte para eludir este resultado; mas el propio aparato estatal se vería desgastado bajo cualquier régimen de eco-austeridad. ¿Pueden las disminuciones probar que las ventajas ecológicos de su programa justifican el peligro de sumir a millones de personas en la pobreza?

Además, aunque los secuaces de Jackson ven el incremento del Producto Interior Bruto como la raíz de la humillación climática, el hecho es que las emisiones de carbono y sus consecuencias ambientales han aumentado a lo largo de un periodo de desarrollo más lento. Como escribe el historiador económico Robert Brenner, «Desde mil novecientos setenta y tres … el desarrollo del Producto Interior Bruto, la inversión, la productividad, la utilización, los sueldos reales y el consumo real han experimentado una desaceleración histórica, que siguió de forma ininterrumpida década tras década». La historia no semeja probar un vínculo causal entre el desarrollo activo y el calentamiento global. Como tal, las medias lunas verdes han sugerido que las bajas tasas de desarrollo son la causa real del ecocidio: en condiciones de escasez, las compañías solo pueden sostener los márgenes de beneficio recurriendo a formas de extracción y polución poco a poco más perjudicial.

Puede haber contestaciones plausibles a estas preguntas, mas no se pueden localizar en Post Growth. En sitio de ahondar su análisis experimental de la crisis ambiental o bien valorar las sendas de escape políticas, Jackson meridianamente ha pasado la última década especulando sobre un futuro “poscrecimiento”. En muchos sentidos, es un ejercicio que merece la pena. Su libro está lleno de recetas para «la economía del mañana» que retan las ortodoxias de el día de hoy. Uno de los primordiales razonamientos de Jackson es que nuestro descalabro en eludir el Sexto Evento de Extinción se debe a una profunda negación de la muerte. La expansión económica continua expresa el deseo de trascender nuestras restricciones materiales y elevarnos por encima del estado de naturaleza. Sin embargo, paradójicamente, esto aumenta el poder de estos límites, dejándonos impotentes frente al leviatán climático.

Después de diagnosticar este sueño de inmortalidad, Jackson presenta una serie de opciones alternativas contundentes. Primero, escribe, debemos reconocer que la restricción es lo que deja la «trascendencia». Es solo admitiendo nuestra débil condición material que podemos aguardar conseguir algo más alto, a través de la creación artística, las relaciones románticas, la solidaridad comunitaria, etc. En segundo sitio, hay una necesidad urgente de recalibrar nuestra idea de trabajo. Bajo el capitalismo, la función del trabajo es producir ganancias en un corto plazo, atrapándonos en un presente perpetuo que redobla nuestra ilusión de vida eterna. Sin embargo, en una sociedad que reconoce la muerte con seriedad, el trabajo se transformaría en un medio valioso para “construir el mundo”, forjando instrumentos culturales que pervivirán después de que nos vayamos y nos conecten con las generaciones futuras. Finalmente, Jackson afirma que su utopia de desarrollo cero se fundamentará en actividades que cultiven un sentido de «fluidez». Deportes, manualidades, interacción social y meditación: estas prácticas sustentables satisfacen la necesidad de trascendencia absorbiendo nuestra atención, separándonos de lo rutinario y creando una experiencia de atemporalidad. Ofrecen una imagen de eternidad sin emisiones.

Todo es intrigante. Pero sin indicación de de qué manera derrotamos los intereses del capital fósil y disipamos los miedos de la media luna verde, prosigue siendo una especie de experimento mental. En sitio de enfrentarse a cuestiones tan específicas, Jackson entrelaza sus reflexiones filosóficas con bocetos biográficos (de Robert Kennedy, Emily Dickinson, JS Mill, el líder espiritual budista Thich Nhat Hanh, Geoffrey Chaucer y la activista política keniana Wangari Maathai) y pasajes bastante floridos de escritura creativa.

Aquí está en pleno vuelo, recordando su reciente viaje en yate por el río Thurne en Norfolk:

“El liquen verde grisáceo reluce en el arco húmedo. Su fragancia a humedad evoca la triste realidad de vidas olvidadas hace bastante tiempo. La liminalidad está poblada por fantasmas inquietos de transiciones pasadas y atisbos incómodos al abismo inmortal… El sol vuelve a deslumbrar tras la sombra del puente. El cielo azul baila sobre el agua moteada… El vapor deja paso a la navegación es la regla más vieja del libro, desde la vía fluvial más pequeña hasta el océano más ancho. Y, no obstante, inevitablemente, los tramos inferiores se ven obstruidos por giros frustrados a barlovento y estrategias de evitación apuradas.

Uno sospecha que esta última sentencia inescrutable puede ser una especie de estrategia de evasión en sí, desarrollada para desviar la negativa de Jackson de interaccionar con los críticos del decrecimiento. Por supuesto, la prosperidad sin desarrollo no aparece como un conjunto de propuestas políticas. Su objetivo es imaginar una cultura reconciliada con los límites y la mortalidad; y, en estas condiciones, lo logra. Pero en tiempos de crisis, el pensamiento ecológico no puede permitirse ser tan especulativo. Las preguntas urgentes son: ¿qué intereses particulares se interponen en el camino del cambio a las energías renovables y de qué manera se pueden superar? ¿De qué manera podemos asegurar una “transición justa”, en la que los más pobres no carguen con la carga de hacer que nuestra economía sea más ecológica? ¿Qué tipo de regulaciones internacionales se precisarían para darle a este proyecto un alcance global? ¿De qué manera podemos asegurar que la campaña por la justicia ambiental se entreteje con otros movimientos sociales centrados en la raza, la clase y el género? Estos apabullantes interrogantes han sido enfrentados de frente por los nuevos distribuidores ecológicos. Salvo que los «poscrecimientos» como Jackson se pongan al día, su credo jamás va a ser más que un eslogan.