Revisión de Tokyo Redux por David Peace: una conclusión sorprendente para la trilogía | ficción

Tokio es la urbe más moderna, la metrópoli de microchip donde las máquinas expendedoras y los asientos de los inodoros semejan tener suficiente inteligencia artificial para vencer a un enorme profesor ruso en el ajedrez. Los anuncios son una fantasía intermitente, el metro reluce y la urbe está llena de ingenieros cuyos inventos, los automóviles y los juegos para videoconsolas del mañana, han conquistado el planeta. Tokio puede ser la única urbe del planeta cuyos residentes consideran a los londinenses y neoyorkinos retrasados.

Lo interesante de esta hipermodernidad es que se generó así como una excepcional renuncia a la violencia por parte de una sociedad considerada a lo largo de bastante tiempo homónimo de . La clase samurái, una vez ovacionada en el mundo entero como el modelo de la virtud marcial, ha dado paso a sueldos hábiles y receptivos, cuya experiencia está en la comercialización global, no en la lucha con espadas. En sitio de los shogunes que prácticamente idearon la dictadura militar, Japón ahora tiene el régimen democrático más viejo de Asia, con una constitución que prohíbe la guerra. El ejército no tiene armas ofensivas por ley, ni un misil balístico o bien nuclear, al paso que Tokio, conforme muchas medidas, es la urbe más segura del planeta.

La trilogía de Tokio de David Peace se puede leer como una alegoría de esta transformación. Para los detectives, políticos, gánsteres y geishas que pueblan estas novelas – Tokyo Year Zero (dos mil siete), Occupied City (dos mil nueve) y ahora la última entrega, Tokyo Redux – el pasado es una zona de violencia que limita arriesgadamente con el presente. Es una lucha para deshacerse de un legado de bombas nucleares, genocidio y esclavitud sexual. Los crímenes en torno a los que se trama cada novela son hechos reales de los primeros años del Tokio de la posguerra. Se transforman en metáforas de la forma en que la violencia histórica avizora a una urbe en busca de una nueva identidad, una tensión que lo empapa todo «con el tufo del pasado, el estruendos del futuro».

Tokyo Redux se refiere a lo que los nipones llaman «el accidente de Shimoyama»: la muerte de Shimoyama Sadanori, el primer jefe de los JNR (Ferrocarriles Nacionales de Japón), cuyo cuerpo fue encontrado desmembrado por una locomotora en mil novecientos cuarenta y nueve. Es el misterio perfecto para la paz. El despido de Shimoyama de treinta trabajadores lo transformó en un fin para los sindicatos, lo que dejó a Peace proseguir su fascinación por el planeta conspirativo de la política industrial, como lo hizo en GB84 de dos mil cuatro, una historia falsa de la huelga de los mineros. Que JNR, con sus icónicos trenes de gran velocidad, se transforme en la red ferroviaria más admirada del planeta, un distintivo del Japón futurista, quiere decir que el supuesto asesinato de su líder creador está cargado de simbolismo, un cruce donde el viejo Japón detiene al nuevo refulgente en sus pistas.

Los detalles se estudian minuciosamente, hasta el reloj de pulsera de Mickey Mouse del Emperador: el efecto es una veracidad penetrante

Representando la larga sombra proyectada por el accidente, la historia se desarrolla en 3 períodos: mil novecientos cuarenta y nueve, a lo largo de la ocupación; mil novecientos sesenta y cuatro, cuando Tokio acoge los Juegos Olímpicos; y mil novecientos ochenta y nueve, cuando muere el emperador Showa, que rigió Japón a lo largo de la Segunda Guerra Mundial. Cada periodo tiene su protagonista: primero, Harry Sweeney, un agente de policía aburrido separado de Montana; Luego, Murota Hideki, un detective imperturbable despedido de la policía por «haberse follado a una chavala pan-pan a mi ritmo». Ambos son del reparto central, sosteniendo un aura masculina y ahumada en la mejor (¿o bien peor?) Tradición negra. Nuestro último detective, no obstante, un traductor inmigrante y avejentado encaja en un perfil más inusual: el tipo de psique literaria refulgente que se quedó encallada en el Tokio de la posguerra, una generación que jamás tuvo un Hemingway para mitificarlo. (Su nombre, Donald Reichenbach, se refiere a Donald Richie, el crítico de cine de culto que interpretó a esta clase). Es el personaje más vivaz, probablemente debido a una cierta autoidentificación por parte de Peace, quien pasó más de una década en exilio creativo en Japón.

Se sugieren vínculos con los envenenamientos de Teigin de mil novecientos cuarenta y ocho en el centro de la urbe ocupada, y hay rastros de una tentadora red de complicidad, mas realmente no sabemos qué pasó verdaderamente con Shimoyama. Peace solo escribe novelas policiacas de nombre; «¿novela policiaca?» Es una pregunta amena, entonces descuidada, y a pesares de sus especulaciones paranoides, Paz continúa leal al misterio inescrutable de cada uno de ellos de estos casos históricos sin solucionar hasta el día de el día de hoy. Su prosa está entretejida con titulares de periódicos reales que engloban páginas enteras, como las secciones de “noticias” de la trilogía estadounidense de John Dos Passos, con las que Peace está en deuda. Los detalles se estudian minuciosamente, hasta el reloj de pulsera de Mickey Mouse del emperador moribundo. El efecto es el de traspasar la veracidad.

La reiteración y la rima, técnicas de confianza en la paz (ciertos afirmarían tics), dan a la prosa un ritmo de encantamiento y una sensación épica. Esto de forma frecuente deriva en los baños (el tono del libro de cocina de «humedecer» y «humedecer» de alguna forma mina un instante obscuro). El nipón es una lengua meridianamente onomatopéyica; el significado se transmite al acercarse al sonido de las cosas, los sentimientos, aun las ideas. Peace encauza esta cualidad fonética, forjando leitmotivs para resaltar sus temas clave. Entonces, ton-ton, el repetitivo martilleo de la construcción de los Juegos Olímpicos, es el «estruendos del futuro» en el que Japón busca promocionarse al planeta como un faro de paz. Pero detrás está el eco imborrable del viejo mundo: shu-shu pop-po, un tren de gran velocidad o bien los huesos destrozados de Shimoyama. Muchas novelas se promocionan como «polifónicas», mas la ahora completa trilogía Peace in Tokyo verdaderamente lo es, convocando brillantemente múltiples voces al paisaje sonoro de una urbe en medio de un cambio sísmico.

Tokyo Redux es una publicación de Faber (£ dieciseis con noventa y nueve). Para respaldar a libromundo, pida su copia en guardianbookshop.com. Pueden aplicarse cargos por envío.