Ternura por Alison MacLeod revisión – El triunfo de Lady Chatterley | ficción

Desde la perspectiva del instante presente, la vida y obra de DH Lawrence se semeja a un seísmo que perturbó y reordenó la conciencia de los lectores; esta alteración regeneró el suelo que los artistas han cultivado desde ese momento. Es un testimonio de la magnitud de este seísmo que toda vez que ocurren réplicas, siempre y en todo momento tienen una extraña habilidad para desplazar el suelo. Las producciones de Peter Gill de las obras de Lawrence en el Royal Court en la década de mil novecientos sesenta, que se infravaloran drásticamente como instantes esenciales en el desarrollo del teatro británico de posguerra; Out of Sheer Rage de Geoff Dyer, una obra salvaje que reanuda el del mismo modo salvaje Estudio de Lawrence sobre Thomas Hardy; La audaz novela de Rachel Cusk Second Place, hoy en día elegida por Booker, está inspirada en reminiscencias de Lawrence.

Ternura - Alison Macleod

Luego está la réplica más esencial de todas: «el fin de la prohibición de Chatterley», a quien Philip Larkin le atribuye la inauguración de la libertad sexual. En mil novecientos sesenta, tras un cambio en las leyes de censura del Reino Unido, Allen Lane, editor de los libros Penguin, decidió publicar una edición completa de la última novela de Lawrence, Lady Chatterley’s Lover, previamente un libro prohibido debido a su naturaleza sexualmente explícita. La demanda resultante y la absolución de Penguin y Allen Lane marcaron un punto de inflexión en la historia de la libertad de expresión.

En su novela Tenderness, Alison MacLeod rastrea las fuentes de Lady Chatterley en los matorrales de la propia biografía de Lawrence, entonces prosigue su tortuosa progresión cara la luz a través del juicio por indecencia. Al hacerlo, ofrece 2 visiones de lo que puede ser un prosista: el novelista alquimista, que convierte en oro la gota que llena el vaso de su vida y sin contar el costo, y el prosista historiador de las ideas. Su mirada se mueve elegantemente, imaginando a Lawrence alimentando ideas en secuencias ricas en memoria poética, entonces narrando el juicio con rigor periodístico. Aquí es siendo consciente del punto de vista lugar desde el que está escribiendo: cuando EM Forster entra, «nos saluda con la cabeza mientras que atraviesa el umbral del palacio de justicia, la única persona que todavía no se ha dado cuenta». Es un prosista de rango y huele a los ojos de la posteridad. La novela acaba con una secuencia imaginaria de manera profunda emocionante, una vida futura de dicha para Constance y Mellors que es bella y también inopinada. Estos cambios semejan simples por el hecho de que el tema de MacLeod se halla por encima de todos, uniendo los hilos: la historia de de qué forma una historia se abrió camino en el planeta. Es una idea refulgente sobre la que edificar una novela, todos sabemos que el libro triunfará y lo queremos sobre nosotros. Es una lectura propulsora, adictiva y alegre.

El único salto controvertible es la resolución de MacLeod de compensar la historia de Lady Chatterley con una historia sobre Jacqueline Kennedy a lo largo de la campaña presidencial de su esposo y las preocupaciones del agente del FBI que en secreto la fotografía asistiendo a un «juicio de Chatterley». Similar a los Estados Unidos. Cabe apuntar que este metraje está fabulosamente elaborado, cuenta los sacrificios del directivo del FBI, J Edgar Hoover, por sostener el libro fuera del planeta, y está lleno de profundas resonancias con la historia que se desarrolla del otro lado del Atlántico. Pero realmente jamás tiene un impacto en el viaje de Lady Chatterley’s Lover, y de alguna forma se siente separado, útil para la alteración del ritmo mas diferente del resto. MacLeod puede haber investigado el efecto de eco de Las horas, la novela de Michael Cunningham sobre la señora Dalloway de Virginia Woolf, mas hay algo que no es lawrentiano en seleccionar a una de las mujeres más esenciales del planeta como contrapunto. Lawrence escribió en A Collier’s Friday Night: «Hay tantas cosas que suceden para ti para mí»: su trabajo es una de las fuentes del humanismo artístico del siglo veinte. Evocar lo bueno y lo grande no necesariamente rima con su poética, aun si la historia está bien contada, y Harding, el agente del FBI, es un personaje de bella forma que recuerda al oficial de la Stasi en Las vidas de el resto.

Hay mucho que querer de esta novela, por el hecho de que a MacLeod le chifla lo que pone en ella.

Hay mucho que querer de esta novela, por el hecho de que a MacLeod le chifla lo que pone en ella. En primer sitio, ama a Lawrence, cuyo trabajo está entretejido fantasmalmente con citas y ecos en todas y cada una partes, lo que le da a la novela una seductora sensación de unión. También hay una canción de amor sostenida en Sussex, donde vive MacLeod. Este tema perdurable, y las descripciones de MacLeod de las historias que se forman en la psique de Lawrence, recuerdan el estudio de Matthew Hollis sobre los últimos años de Edward Thomas, Now All Roads Lead To France y World Without End, las memorias de su viuda Helen Thomas.

La aparición triunfante del Amante de Lady Chatterley se hace con razón aquí; nos recuerda que tiempos como el del juicio de Chatterley son hermosos y han de ser apreciados y protegidos, por el hecho de que el progreso jamás es ineludible. Las victorias por la libertad deben cantarse desde los tejados. Eso es lo que hizo MacLeod.

La ternura de Alison MacLeod es una publicación de Bloomsbury (£ dieciocho con noventa y nueve). Para respaldar a Guardian y Observer, adquiera una copia en guardianbookshop.com. Pueden aplicarse cargos por envío.

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