Únase a nuestra revisión de la enfermedad por Sam Byers – gloriosamente maloliente | ficción

«¿Por qué siempre y en todo momento debe haber ideas?» encoleriza Maya, el narrador de esta novela inusualmente inquietante. «¿Por qué no hay mucho que solicitar?» Donde los 2 trabajos precedentes de Sam Byers se recrearon con las complejidades del planeta moderno, satirizando meticulosamente los compromisos que hacemos, social, política y de manera comercial, este abre un túnel singular cara el corazón de lo que significa humano. Maya tiene la pretensión de piratear todos y cada uno de los últimos vestigios de la civilización hasta el momento en que, desencadenante de advertencia, se acueste feliz en su orina, caca y otros aromas variados.

La historia de Maya empieza un año después de que se quedase sin hogar. Fue elegida por Green, la multinacional vista por primera vez en Perfidious Albion de Byers. Motivado por los puntos de brownie de las redes sociales que se pueden extraer de restaurar a un yacente callejero a la ‘vida normal’, Green apuntó a Maya a sabiendas, si bien al hacerlo mordió más que ese ‘jugador muy global. El disruptor central’ no puede masticar. Consiguió un trabajo en una start-up tecnológica donde charlan sobre el empoderamiento de los empleados (Byers clava sin esmero su doble alegato) y conoce el valor preciso del altruismo bien publicitado. En realidad, no obstante, nuestra heroína se sienta frente a un monitor todo el día, escaneando para aprobar o bien rechazar imágenes para los clientes del servicio web: imágenes de cada degeneración humana imaginable, individual, grupal o bien zoológica.

Al hallar un almacén descuidado con piso de específico en un polígono industrial poco querido, nació su malvada y brutal okupa

Está bastante claro que no lo va a piratear. Y cuando sus empleadores la mandan para una desintoxicación obligatoria, el menú de atención plena y meditación no desencadena la paz y la armonía, sino más bien el estreñimiento. Volviendo a su cama cuando llega el instante, pronuncia «una víbora grande, de mierda, retorciéndose, espumosa y maloliente». Pero entonces, aún sentada en el inodoro, aún sujetando su bollo de desayuno, y ahora hemos superado las advertencias desencadenantes, mira su «catedral cobrizo obscura» y se da cuenta de que «ha producido algo bueno.» Gran belleza y suma importancia «. . Empujando el pedazo de pan «en la rajadura de mi trasero … Sentí las costras rotas pinchar la piel suave … Pensé en toda esta desintoxicación y negación, toda esta pureza aterrada … Mordí la mierda- manchó el pan y se lo tragó.

A partir de ahí, la trayectoria escatológica de Maya solo puede acelerarse. Habiendo estado anteriormente sin amigos y familiares, es mientras que espera en la consulta del médico (este desayuno singular no deja de tener consecuencias) que ve a una mujer garabatear en una gaceta, redactar críticas intensas y escandalizadas junto a diferentes artículos de desarrollo personal. Descubrimos que Zelma está de manera permanente enferma y libre para ser comentarista de graffiti callejero a tiempo completo, en vallas de publicidad, en paradas de autobús, adondequiera que la publicidad con aerógrafo haga sus desgarradoras aseveraciones.

Cuando su campaña de mordeduras de guerrilla despega a través de Instagram (a pesar de todo el deseo de Maya de anularse, no es nada sin su móvil y aplicaciones), las 2 mujeres por último consiguen lo que desean. Al hallar un almacén descuidado con piso de específico en una zona industrial poco querida, nace su desapacible y brutal okupación (“¡Ven y únete a nuestra enfermedad!”, Publican). Allí viven felices, y literalmente, en su mierda. Con heridas plagadas de moscas. Y collares de ratas fallecidas.

Entonces, no, no es una lectura cómoda. No solo por las numerosas escenas aromatizadas, cuya inmediatez siempre y en todo momento se ve mitigada por la narración, que, recordada en la calma siguiente, es siempre y en todo momento aguda y articulada, el léxico reflexivo y preciso. Es más que la incomodidad, la enfermedad del título, que procede de manera directa de la propia intensidad de Maya, de su voluntad de empujarse cara la abnegación total que tanto ansía. Ella arde con toda la ira de The Good Terrorist de Doris Lessing, tiene la tenacidad inalterable de Gemma de Minghella de la obra de radio Cigarettes and Chocolate, mas desea mucho menos que cualquiera de las 2. De hecho, absolutista hasta el final, no desea nada. Y esa, filosófica, psicológicamente, es la auténtica realización de esta novela. Su misma negativa a participar en cualquier proceso o bien avance hace que la lectura sea exigente, mas es completamente contundente. También podría ser una contestación conveniente al bienestar, el Goop de Gwyneth y, seamos honestos, toda esa mierda.